jueves, 14 de mayo de 2015

TEMPUS FUGIT

TEMPUS FUGIT


Me habían jubilado por tener los 65 años, aunque en el homenaje de despedida me dijeron que estaba con plenas facultades físicas y mentales. 

Aún recuerdo aquellos años en los que, cuando veía a los viajeros de un autobús meter su billete con toda parsimonia en el cancelador y ese momento el conductor, repentinamente, hacía una salida como la de Alonso, confieso que a veces me desternillaba de risa, al contemplar cómo la mayor parte de los viejecitos que aún estaban guardando su abono, salían disparados hacia la parte de atrás intentando agarrarse a algo, haciendo grandes aspavientos y agitando los brazos como los atletas al llegar a la meta, 

Creía que a mi no me pasarían esas cosas, puesto que tenía un talante juvenil, con unos reflejos mas rápidos y aunque de vez en cuando notaba que me cansaba y me dolía una cadera al subir las escaleras, pensaba que era por la entrada del Otoño. Sin embargo, hace un par de años, el peluquero de siempre ya me dijo que se me veía el cartón y que iba a tener una calva como la de Pedro J., pero como en el espejo solo me veía por delante, no le daba importancia a que el peine resbalara cada vez más sobre las escasas canas de la cocorota.

La última vez que fui al cine, tuve que levantarme a la mitad de la película para ir a echar una acuciante meada, pero lo atribuí a que había salido una visión de las Cataratas de Iguazú y ya se sabe que aquellos síndromes infantiles tan primarios, se manifiestan con el sonido del agua corriendo...



Me mosqueé un poco mas, cuando un buen día, al tomar el autobús, me percaté de que el conductor lo había acercado hacia la acera y que al darle yo los buenos días, me contesto con un buenos días, señor en lugar de buenos días caballero…. y poco después en otro autobús, un joven sin duda de otro planeta me cedió su asiento, pero yo le agradecí su gesto diciéndole que me iba a bajar en la próxima y claro, me tuve que bajar para no quedar como un ingrato grosero, aunque ala hacerlo, le dirigí una fulminante mirada.

Tiempo atrás, ya había cambiado mi severa vestimenta oscura de señor mayor, tal como los dibuja Mingote, por un atuendo desenfadado y deportivo, con pantalones de pana y camisa campera. Me había gastado un montón de pasta del seguro de vida, para ponerme una dentadura nueva con la que, lanzando unas sonrisas como las de Adolfo Suárez, me hacía parecer mas joven, aunque realmente no me quedaba ya casi ningún piño natural. 

Soltaba algún que otro taco y alguna palabra cheli, para que se viera que estaba con los tiempos y creía cumplir con esa extraña incoherencia de ser un joven maduro en lugar de un viejo verde, pero seguía notando cada vez mas signos que evidenciaban la natural decadencia y a los que no les daba aún mayor importancia, como cuando se me caía al suelo una de esos poco prácticos y cobrizos céntimos de euro, que me costaba muchos mas trabajo recogerlo que gastarlo y también cómo ya, estos últimos años, en el Día del Padre, recibía de los hijos cierto tipo de el regalos, tales como un cinturón mas largo, unos tirantes tipo Fraga o una fajita para disimular la tripita.

Tenía que haberme dado cuenta de que, ya no dormía de un tirón; que había tenido que poner un agarrador en la ducha,

que cada día tomabas mas pastillas antes de tomar el café descafeinado, que al comer me manchaba con mucha mas frecuencia, aparte de notar los molestos avisos del hiato, y que al atarme los zapatos me ponía del color del ketchup. 

También tenía que haber percibido que, lo que a los jóvenes les resultaba habitual y facilón, a mi me causaba serias dificultades, como por ejemplo el manejar el mando de la TV, aprender a enviar E-mails, no armarme un lío con el móvil o no poder conducir mas de dos horas seguidas sin que me diera el sueño, así como que me resultaba muy cabreante el ver como se quedaban mis uñas, cuando intentaba abrir uno cualquiera de esos paquetes de celofán, en los que en un rincón lo anuncian como abre fácil, teniendo que acabar por mordisquearlo rabiosamente.

En materia de gustos, (aún se seguirá escribiendo mucho sobre ellos) parece ser que también se cambia sin darnos demasiada cuenta, puesto que ya no me parecían tan disonantes las voces del Dúo Dinámico y hasta me emocionaba cuando les oía aquella canción de El final del verano. Prefería comer vegetales, pasta o pescadito hervido, mejor que carne, puesto que el bolo, me podía producir un atasco desagradable. Tampoco necesitaba del salero para aderezar la ensalada y el médico me advirtió severamente que el colesterol malo, (que es el que está en los alimentos más deseados) nos puede dejar las arterias tan deterioradas como las tuberías del Canal.

Además, desde antes de la caída del franquismo, ya era un tanto progre y tolerante, pues hablaba con gente de izquierdas, leía Triunfo y El Ciervo y solía ver frecuentemente aquellas películas de las salas de arte y ensayo, pero a pesar de todo, aún hay cosas que prácticamente no soporto sin que se me irrite el hígado, como es el que dos tíos con barba se morreen en plena rua ; que la educación y los buenos modales ya no se lleven y que un tipo que va a recibir un premio se presente sin afeitar y con unos vaqueros raídos, o que a un conjunto de roqueros que suelen ser casi siempre caprichosos, derrochones y consumidores de drogas, les paguen un pastón por emitir insoportables ruidos africano.-americanóides, comiéndose el micrófono y denunciando la burguesía social y la vulgaridad del ciudadano común.

Tampoco comprendo ciertas actitudes extravagantes de la moda, tales como llevar una gorra con la visera al revés, usar un fijapelo que parezca para parecer que se está despeinado, comprarse unos pantalones rotos y con manchas de lejía, ir de smoking con calzado deportivo, ponerse piersins en diferentes partes del cuerpo, andar de noche con gafas de sol, etc. etc. 



Cuando un día me encontré con Antonio Garrido, antiguo compañero de bachillerato y vecino y al que no veía desde hacía un montón de años, se me cayeron los palos del sombrajo y supuso un serio bajonazo para mí, al compararlo con el recuerdo que tenía de aquel joven treintañero, motero y montañero de color bronceado y cuerpo erguido, que ahora parecía un pálido clavo doblado, casi una alcayata… y aunque desde los primeros saludos, los dos mentimos descaradamente diciéndonos esas frases tan consideradas como estas como siempre, que bien te conservas, etc. etc., estoy seguro que luego, al separarnos, ambos tuvimos la convicción de que éramos dos bolsas arrugadas, dos pañuelos usados. 

-Yo al menos, no llevo bastón.– pensé, para consolarme.

Es así, mas o menos cuando de repente te das cuenta de que el llevar largo tiempo pendiente del colesterol, del ácido úrico, los triglicéridos y la tensión arterial, no eran solamente los simples resultados de una revisión periódica, si no que ya son parte de las manifestaciones del deterioro natural y del declive lógico de pasar de las 70 Navidades.

Cuando echas cuentas y empiezas a hacer el absurdo cálculo teórico de cuanto te puede quedar, entonces te percatas, casi bruscamente, de los centenares de familiares, amigos, conocidos y personajes famosos, que se han ido delante y que ya estas casi en la barrera de las estadísticas... pero cuando miro en mi entorno, me doy cuenta de que aún soy un ser privilegiado y que todavía tengo mucho que aprender, que discernir y que criticar.

El vino, si no se agria, tiene mas calidad y sabor con el tiempo, igual que algunos muebles antiguos tiene más valor que los nuevos. Cuantos mas años alcanzas, mas se aprende de la historia... y el hacer un favor, dar las gracias, recibir una ayuda o que te pidan un consejo o una opinión, son señales de vida, de acción y de participación, puesto que siempre se puede ayudar, compartir y gozar con nuevas amistades, ya que de la vida, siempre se pueden esperar sorpresas buenas y no buenas, pero quizás nunca, desesperadas. 

Además, no hace falta ser rico ni tener una salud total, para gozar de la visión de un bonito atardecer, conducir la tierna mano de un nieto, percibir la fragancia de la hierba recién cortada, contemplar un mar embravecido o sentir el tibio sol de primavera.... puesto que mientras se pueda, hay que gozar con plenitud de los sentidos que nos quedan.-





CARLOS RODRÍGUEZ- NAVIA.

Madrid, Mayo 2003

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